Andrea Salgado
1.
Mucho tiempo atrás, cuando aún no terminaba de entender el valor de la literatura fantástica, y todavía andaba atrapada en un realismo inmóvil y mimético, que sin que yo lo supiera, lo único que hacía era reproducir la inercia del presente; mucho tiempo atrás cuando aún me vanogloriaba de mi desprecio hacia los dragones y gigantes, elfos, orcos y enanos, brujas y hechiceros, llegó a mis manos la hija del rey de los elfos de Lord Dunsany, y me sentí realmente tonta.
¿Cómo podía considerarme yo, una escritora de ficción, si no había aprendido nada de lo que fantasía tenía para enseñarme?
El viaje me llevó por muchos lugares asombrosos de la literatura y terminó marcando uno de los rasgos de mis búsquedas literarias y es el diálogo con los géneros que han sido puestos bajo la gran sombrilla de la Fantasía, es decir las distintas maneras que a través de los tiempos hemos imaginado otros mundos, otros cuerpos, otras vidas posibles.
2.
De los mitos, leyendas, cuentos de hadas, fábulas y parábolas, me gusta decir que son como bolas de cristal, de esas que venden en las tiendas de souvenirs de los museos. Como están llenas de agua, cuando uno las agita, vuelan estrellitas y escarcha, que tienen el efecto de hacer que fijemos nuestra mirada sobre lo que nos muestran, representaciones en miniatura de un tiempo y de un espacio, de una estética, una espiritualidad o un pensamiento.
Todo tipo de cosas han sido metidas dentro de estas bolas de cristal que son los relatos fantásticos de la humanidad. Y digo fantástico en el sentido de uno que inventa un mundo, cuyas reglas no obedecen a las de la realidad (a aquello que uno llama realidad). Uno en el que se ordena el caos, en el que se intenta contener la vida inabarcable de cuya trama rizomática lo único que podemos llamar verdad es el hecho de que moriremos.
Uno de mis relatos fantásticos, de mis bolas de cristal favoritas, es La hija del rey de los Elfos de Lord Dunsany. Uno la agita un poco, se levanta una ventisca, baja la temperatura, caen los primeros copos de nieve y termina con la mirada absorta en el reino de Erl, espacio crepuscular creado por una runa (un hechizo) del rey elfo, quien después de haber perdido a su esposa, sin saber cómo lidiar con su dolor, detuvo el tiempo. Es tan grande la pérdida, que para no perder nada más, inventa un presente donde siempre es invierno y el tiempo no corre; uno brillante, de ramas cubiertas de hielo, de rosas escarchadas, de castillos y casas de piedra bajo el sol pálido, enclavados en el borde de una montaña, rodeados de un bosque denso. Uno donde siempre hace frío, donde nada morirá jamás: reino cápsula de criogenia desde el que la princesa, su hija, mira por la ventana sin poder soñar con el mañana.
Ha pasado más de un siglo desde que La hija del rey de los elfos fuera escrito y sin embargo uno puede reconocer lo que está ahí, lo que sigue estando acá, en pleno siglo XXI, dentro de nuestros propios cuerpos: el apego que detiene el tiempo e imposibilita la transformación del mundo. Para que nada más de lo que amamos vuelva a morir, intentamos detener el curso de la vida, y cuando la vida nos muestra que incluso sin nosotros, ella continúa su transformación, seguimos intentándolo. Y ahí nos quedamos, melancólicos, atrapados.
Me da escalofríos pensar que lo que deseamos es regresar a donde no se puede regresar, que es ahí donde estamos atrapados como sociedad, y más aún, que quienes se encargan de construir los relatos en los que nos quedamos atrapados, lo saben incluso mejor que nosotros, e invierten todos sus esfuerzos en crear narrativas, que lo refuercen.
En el mundo del rey de los elfos, nada puede cambiar. Hay algo muy enfermizo en ello, muy Occidental, muy peligroso, que la obra de Lord Dunsany nos permite ver. Este mismo deseo pervive dentro de nuestros cuerpos y se manifiesta cada vez que alguien, sumido en la melancolía asegura que “todo tiempo pasado fue mejor” y vota por el fascista de turno que le dice que mantendrá el mundo inamovible para evitarle el sufrimiento de la transformación, que restituirá todo lo alterado a su estado original, a aquel tiempo idílico, lleno de esplendor, brillo, belleza, prosperidad e inmaculada felicidad (“Make America Great Again”) donde su vida sí era plena.
Una idea para seguir trabajando más adelante: El antónimo de melancolía no debería ser alegría sino metamorfosis; así como el antónimo de evolución, no debería ser involución, sino endosimbiosis.
3.
Estamos, somos, vemos de determinados modos, porque una serie de sentidos perviven a lo largo de la historia dentro de nosotros; sentidos que fueron primero transmitidos a través de mitos, leyendas, cuentos de hadas, parábolas y fábulas, y retomados, resignificados, tergiversados, magnificados, empobrecidos a través del tiempo. Runas en las que aún estamos presos y no sabemos, porque creemos que esas historias, por ser antiguas, ya no operan en el presente.
Al leer mitos, leyendas, cuentos de hadas, fábulas o novelas fantásticas como La hija del rey de los Elfos, no solo podemos identificar cómo la cultura se ha inscrito en nosotros, sino también para tomar una posición crítica frente a ella.
“Las imágenes de las que está hecha nuestra memoria tienden, de forma incesante, en el curso de su transmisión histórica, a quedar fijadas como espectros y es nuestra obligación devolverlas a la vida”.
Si aún podemos identificar en el tiempo suspendido del mundo creado por el rey elfo un apego enfermizo que produce inercia: “la imposibilidad de imaginar el futuro”, es precisamente porque esta forma de apego al pasado está tan interiorizado, tan “fijada como espectro”, que la consideramos constitutivos de nuestra propia naturaleza humana y no un reflejo muy antiguo, de una forma de ser y estar en el mundo.
La buena noticia es que si aún podemos identificarlos quiere decir que también podemos devolverlos a la vida, darles una existencia por completo distinta: liberar a la hija del rey de los elfos de la inercia impuesta por su padre, convertirla en un torrente, dejarla morir.
4.
“Si pudiéramos restaurar el contexto del mundo que acoge estas sombras, entonces, tal vez, podríamos usarlas para obtener una versión fresca de la realidad, y en algún sentido, transformarla… suprimir esa metáfora tanto que lo único que quede es un puñado de palabras vacías”, escribió Angela Carter en La mujer sadiana y la ideología de la pornografía (1979), a propósito de darles una nueva vida a las imágenes que han quedado fijadas como espectros.
Navegando por las novelas Justine y Juliette, escritas dos siglos antes de su tiempo, Carter reconoció cómo el Marqués de Sade creó, a través de la pornografía, una forma de vaciado de la moral religiosa y aristocrática que dominaba el pensamiento de su época, la cual él consideraba hipócrita y tiránica. Nada se le escapó a Sade, virtud, familia, pureza, santidad, sacrificio, obediencia, humildad, jerarquía, a los fundamentos mismos de la sociedad los vació sistemáticamente de sentido. Al leer sus historias, aún hoy, nos quedamos “con las manos llenas de palabras vacías”.
Ese mismo año de la publicación del ensayo sobre Sade, Carter, como si estuviera poniendo a prueba lo aprendido a través de su investigación, publicó La cámara sangrienta, una nueva versión de Barbazul de Charles Perrault[1]. Con este cuento alteró la configuración original de los personajes de la historia: la de la muchacha inocente, medio tonta, que se deja deslumbrar por el dinero, ternera mansa que es llevada sin resistencia hacia el patíbulo; y la del victimario, hombre perverso que solo puede encontrar placer asesinando mujeres jóvenes. En el cuento de Carter la muchacha y Barbazul se convierten en iguales porque ella es capaz de verse reflejada en el deseo perverso de Barbazul, y por esa misma razón descubre la cámara sangrienta (el sótano donde acumula los cadáveres de sus esposas). Encuentra ahí, no solo la evidencia del secreto que esconde su marido, sino la fuerza para, junto a su madre, matarlo y deshacerse del cadáver.
Verse reflejado en lo que se lee, significa no solo encontrar similitudes, sino ponerse del otro lado, sentir y pensar como el otro. Al percibir como Barbazul, al habitar su oscuridad, que también era la de ella, la muchacha del cuento aprendió a salvarse, en el sentido literal: sobrevivió al feminicida, pero también en el metáforico: comprendió los sentimientos que configuraban su deseo por los hombres y de ese modo, su vida pudo tomar otro rumbo: se casó con el profesor de piano, el ciego que no podía ver la marca del crimen sobre su frente, y que la amaba, sin angustia, precisamente por todo lo que no podía ver en ella.
De eso se trata “el restaurar el contexto del mundo que acoge estas sombras”, del que habla Carter, de eso se trata la literatura, de eso se trata la ficción.
[1] Cuentos de mamá ganso, Charles Perrault
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