“La realidad no es más que la opinión del poder”
Antiguo proverbio de brujas
Vivimos en un mundo extraño y desesperanzador, como si estuviéramos dentro de una novela heredera de Neuromancer de William Gibson y de la hiperrealidad de Jean Baudrillard, pero estética y argumentalmente empobrecida, encerrados en una matrix muy cutre, en un exceso de signos que se encadenan sin nosotros, viendo cómo la realidad se autogenera por simulacro. Un mundo en el que ha muerto el futuro y el progreso; en el que ya ni siquiera nos queda el presente eterno, abierto, múltiple y discontinuo —y, por lo tanto, de algún modo lleno de posibilidades— que nos había prometido la posmodernidad.
La nuestra es una novela que ocurre en un no‑futuro único, lineal, y en el que siempre estamos bajo la amenaza del fin.
Todos los días nos preguntamos:
¿Hasta cuándo resistiremos? ¿ Nosotros y el planeta?
Cambio climático, guerras, invasiones a la soberanía territorial, poblaciones desplazadas, feminicidios, transfeminicidios, persecución a la diferencia, censura, masacres, desaparición forzada de la democracia y de los conceptos que durante mucho tiempo fueron los pilares de nuestra convivencia, aquellos que nos proporcionaban algunas certezas éticas a través de las cuales interactuábamos e interpretábamos el mundo.
Todos este sinsentido cruel y sangriento ocurre al mismo tiempo en el centro mismo de una trama en la que:
“La muerte no natural no es residual ni excepcional; no interrumpe el orden político, sino que se ha puesto en el centro de la normalidad democrática”[1].
Como dijo Benjamín Labatut en La piedra de la Locura:
“Hoy vivimos en el mundo de Dick, una pesadilla plural y demente en la cual nunca podemos creer del todo en lo que vemos, sentimos y escuchamos. […] Lo falso y lo simulado parecen estar asfixiando la verdad, mientras que los aspectos ficticios de la existencia asedian el tabernáculo de la razón”[2].
No nos es ajena esa sensación de estar siendo lanzados de un lado a otro por corrientes subterráneas invisibles que no podemos predecir ni, mucho menos narrar, porque no sabemos cómo. No tenemos ni siquiera un narrador. Aquel nacido en la modernidad, que nos sirvió para contar la historia de la humanidad hasta las primeras décadas del siglo en curso —ese individuo positivista que se autoexploró hasta los confines de su propia intimidad, tratando de justificar su lugar central en el mundo— se perdió dentro de sí mismo, y su perspectiva resulta insuficiente para narrar el hoy.
En los relatos que escribía, ese narrador tenía agencia, control e injerencia, y podía vincular una serie de eventos en una secuencia lógica para crear sentido. Algo que hoy ya no sabemos hacer. Y no es solo porque a fuerza de scrollear infinitamente contenidos, hayamos olvidado cómo articular un relato, o porque las inteligencias artificiales lo estén haciendo por nosotros, sino por una razón mucho más compleja: tampoco sabemos qué contar, cómo darle sentido a los eventos que acontecen. No hay mensaje detrás del mensaje ni signo detrás del signo. No hay nada que revelar ni interpretar.
Sin narrador ni sentido, vivimos en un umbral permanente, como el hombre de Ante la ley de Kafka, que nunca logra cruzar la puerta de la ley, aunque esta siempre ha estado abierta para él, porque:
“¿Cómo podemos esperar ‘abrir’ si la puerta ya está abierta? ¿Cómo podemos esperar entrar en lo abierto?”[3]
Todo es fragmentación y vacío en ese umbral en el que fuimos ubicados, junto a otros que se nos parecen, por los algoritmos que leen nuestros miedos y deseos. Hace más de dos décadas, Mark Fisher nos hizo ver que vivíamos dentro de una crisis narrativa radical, en la que el futuro había sido colonizado por el capitalismo y ya no funcionaba como espacio de proyección, sino como repetición gestionada del presente. Tenía razón. Si viera en lo que nos convirtieron las redes sociales, si viera nuestro no-futuro que es aún más terrorífico del que alcanzó a imaginar, esta repetición gestionada de la muerte.
Mark Fisher tenía razón, pero verlo no fue suficiente. Frente a sus palabras nos volvimos estatuas de sal, nos comenzamos a desmoronar desde el primer aguacero.
¿Y ante esta “catástrofe del tiempo”, qué hacemos? ¿Ante esta catástrofe del relato? ¿Cómo narramos ahora nuestras vidas?
“Del pasado solo nos ha salvado la sabiduría de que no sabemos nada”, nos enseña Svetlana Aleksiévich en Voces de Chernóbil.
Solo nos ha salvado la vieja condición socrática de declararnos fuera del sentido y continuar:
Volver a nuestra experiencia, indagar en ella, darle vueltas, recordar como a través del tiempo hemos alterado los relatos poniendo en uso nuestra imaginación, volver a nuestras maestras y maestros de la palabra de todos los tiempos y con su ayuda fabricarnos otro cuerpo y otro mundo.
No darnos por vencides. Desde el no-sentido pensarnos y retomar el control de nuestro relato, fabricarnos en comunidad uno nuevo.
“Pensar debemos”, escribió Virginia Woolf en plural justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial en Tres guineas.
Pensar debemos por fuera de los sistemas que moldean nuestra mirada. Pensar debemos en total libertad, con nuestros cuerpos y mentes. Pensar debemos en la oscuridad, cuando la realidad se automatiza, cuando el relato se clausura, cuando no podemos ver más allá de nuestra nariz.
Nunca hemos dejado de pensar, ni siquiera en los tiempos más oscuros, sobre todo en los tiempos más oscuros cuando nos enfrentamos a fuerzas perturbadoras, objetos opacos y duros que no dominamos: entidades vastas en tiempo y espacio que desbordan nuestra percepción y que, como sacadas de La llamada de Cthulhu de Lovecraft, nos amenazan. Tan raras e inabarcables, pero al mismo tiempo (no olvidemos esto) tan potencialmente ricas en mundo.
Los que ahora se creen los dueños del relato se han encargado de hacer que la realidad nos resulte asfixiante, inminente, terrorífica, para luego apaciguarnos con su relato simplificado —ficciones políticas, económicas y mediáticas— que reducen el mundo a esquemas manejables.
En ¿Quién teme al género?, Judith Butler señala que la crisis contemporánea del relato se expresa en la disputa feroz por cómo se narra la realidad misma.
En esta disputa, no creo que nos quede otra cosa que escribir por fuera de la promesa del progreso y la transparencia; del regreso a un orden que ya no existe, no nos queda otra cosa que aceptar nuestra condición póstuma y buscar la manera de cruzar el umbral.
Vivimos en él y no hay salida clara; no vemos bien y por lo tanto aceptamos que no dominamos ni podemos explicar nada. Aceptamos esta condición para comenzar a imaginar otro mundo, otro cuerpo, otra vida posible.
[1] Nueva Ilustración radical, Marina Gárces (2017)
[2] La piedra de la locura (2024)
[3] Massimo Cacciari, Icone della legge. Citado por Giorgio Agamben en Homo sacer
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