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LA MANZANA QUE ME REGALÓ ANNE CARSON

“Eros es una cuestión de límites. Existe porque existen ciertos límites. En el intervalo entre alcanzar y agarrar, entre una mirada y una contramirada, entre un ‘te amo’ y un ‘yo también te amo’, la presencia ausente del deseo cobra vida. Pero los límites del tiempo, de la mirada y del ‘te amo’ son solo réplicas del límite principal e inevitable que crea a Eros: el límite de la carne y del yo entre tú y yo. Y es solo, de repente, en el momento en que quisiera disolver ese límite, que me doy cuenta de que nunca podré.”
— Anne Carson, EROS EL DULCE-AMARGO

Mientras escribía El sueño del árbol leí insistemente Eros el dulce amargo de Anne Carson, le andaba dando vueltas a los límites del cuerpo y la razón, del yo y el mundo, del amor y el desamor, y fue a través de ella que a su vez andaba dándole vueltas a un poema de Safo de Lesbos que comenzaron a brotar las ramas y las hojas de este libro. Acá van dos fragmentos:

I.

Como la manzana dulce que enrojece en lo alto de la rama,
en lo más alto, y los recolectores de manzanas la olvidaron.
O no la olvidaron, sino que no pudieron alcanzarla.

Safo de Lesbos

La forma básica del árbol de la humanidad sobre la que se construyeron sus afectos no es un entramado sino un triángulo, piensa mientras pasa la página de su libro de bocetos y comienza un nuevo dibujo.

En una punta está el recolector, en la otra la manzana, entre los dos Eros quien se asegura de mantenerlos por siempre separados. Sin él, vacío insuperable, no existiría el deseo, que es la imaginación, que es el impulso hacia lo que no se tiene.

Sin el impulso, el futuro queda cancelado… pero el futuro. ¿Existe un futuro? No puede verlo en este momento, aunque quiere creer que sí, que así es, que como dice la joven en la televisión, ahora que este país está aprendiendo a verbalizar sus heridas, también sus habitantes, encontrarán una forma de sanarlas.

El año pasado cuando comenzó la peste y tuvo que encerrarse sola indefinidamente en este apartamento, se la pasó dando charlas sobre novelas y películas apocalípticas, distópicas, de zombis y de contagio. Que el fin no era la cancelación del futuro, sino el colapso de un ciclo. El único camino para la transformación, aseguraba con su sonrisa siempre amplia, siempre cálida. En una de sus favoritas, La mujer de la arena de Kobo Abe, un hombre que fue secuestrado por una tribu que vivía bajo la arena y cuya única función en la vida era palearla para que sus casas no fueras sepultadas, descubrió en el encierro, por error, después de que él mismo hizo una trampa para capturar aves (como si quisiera someter a otro ser vivo al mismo sufrimiento que él estaba padeciendo), que incluso en las condiciones de resequedad más extremas, la arena era capaz de retener las partículas del agua que se encuentran condensadas en el aire. Nunca atrapó un pájaro, pero la trampa se le fue llenando lentamente de agua.

Dibuja al lado derecho del árbol un montón de manzanas apretujadas. Sobre la forma básica del árbol, en estos últimos dos siglos de capitalismo, se ha venido dibujando un superávit de manzanas. La oferta disminuyó su valor. Si la libertad del recolector en el poema de Safo, consistía en imaginar formas de llegar a la manzana más roja, a pesar de saber que nunca lo lograría, la mía, recolectora del siglo XXI, consiste en no imaginarme nada. Son demasiadas, todas idénticas y del mismo tamaño, rojas, redondas y brillantes, pese a tener distintas denominaciones de origen. A Eros lo reemplazó un puente de alta ingeniería que me lleva a todas las manzanas y por eso con ellas practico el desapego, mi intento estratégico por generar escasez. De desapego en desapego fui perdiendo las ganas de imaginar un futuro y ni siquiera se me ha pasado por la mente diseñar una trampa de arena que por error me permita vivir enterrada en la esperanza.

II

Cayó la horrible noche. Oye el sonido de varias sirenas, explosiones, motos a toda velocidad.

De niña, en el pueblo, el chirriar de las llantas de una moto era siempre el presagio de una asesinato extrajudicial.

Los feos, decía su padre. ¿Quién sabe a quién le tocó hoy?

La procaína que le inyectaron hizo que por fin el dolor de espalda cediera. Siente una presión inusual en el útero, como si tuviera ganas de orinar.

–Esto que te estoy haciendo –recordó a la médica, la aguja y el líquido entrando en el músculo–, te reconfigurará el ciclo menstrual. Vas a sentir una contracción y unos corrientazos. Te dura por ahí tres días. Como ganas de hacer chichí.

La forma básica del árbol de la humanidad en el siglo XXI es un triángulo. En un lado está el recolector y en el otro está el superávit de manzanas. Mira el dibujo que lleva hasta el momento en su libreta. Toma una acuarela roja y comienza a colorear el montón de manzanas apretujadas.

Durante mucho tiempo fui el recolector aunque nací manzana. No encontré ningún otro camino disponible para mi emancipación. En este justo momento de mi vida, porque así son las cosas, porque yo me lo busqué al hacerme amante de un recolector, me convertí en el superávit de manzanas. Si como recolectora había perdido el deseo, como superávit de manzanas soy un manojo de ansiedad.

Dejé de ser manzana en singular en el siglo XIX casi al mismo tiempo que me saqué el corsé de la monarquía y me puse la ropa nueva de la democracia.

Sacarse el corsé estuvo bueno porque pude respirar mejor, pero ser una manzana sin corsé la vuelve a una superávit.

Lo recuerdo todo como si fuera ayer. La instrucción precisa que recibí de parte de mis supuestos libertadores. Ahora puedes ponerte el vestido del individuo, me pasaron una bata sin forma, encontrar tu auténtico yo. Ha pasado tanto tiempo y aun no entiendo del todo lo que esperaban de mí. Había sido la manzana más roja de la rama más alta. Jugar mi papel consistía en mantenerme leal a mi condición de manzana inalcanzable con el corsé bien amarrado. De tanto llevar puesto el corsé, de performar la manzana de la rama más alta, me había convertido en ella. Mi deseo coincidía con la forma del corsé. Él era la piedra angular de mi superioridad moral. Llegar a mí, manzana encorsetada, era la única tarea importante en la vida del recolector. Su compromiso existencial. Tal vez por eso en aquel tiempo yo no dependía de la mirada del recolector para ser la manzana, sabía quién era: yo era la manzana más roja de la rama más alta.

Con la bata del individuo ahora sí puedes ser una manzana auténtica, me dijeron, y entonces bailé en la punta de la rama un baile sensual tras otro. Eso sí, me gasté un dineral en batas porque no me hallaba. Todos los días las vitrinas me mostraban una nueva posibilidad. No saben la colección de batas tan espectaculares que tengo guardadas en mi armario. Yo siempre guardé la esperanza de que el recolector se decidiera por una y me dijera, esta, esta es tu auténtico yo. Nunca me dijo nada. Hace como dos siglos que no me hace caso. Cuando yo tenía el corsé, él saltaba abismos, se enfrentaba a dragones, cruzaba el fuego y el hielo resquebrajado, tratando de alcanzarme. Si lo lograba, al fin de cuentas, se quedaba con mi dote. Vivíamos en una hacienda en la que yo traía al mundo manzanitas que venían con el pan debajo del brazo, y él, patriarca benévolo y generoso (cuando tenía suerte y no me tocaba un sádico) me gobernaba desde la cabecera de la mesa del comedor.

Cuando me quitaron el corsé también me quitaron la dote. Lo único que me quedó fue el cuerpo, y al recolector, su desapego para gobernarlo.

¿Qué más puedo decirles? Me he vuelto mil manzanas distintas, cada una más llamativa que la otra, cada una más insignificante que la anterior. Sigo queriendo que el recolector me mire. Desde que me quité el corsé no existo, sino en su mirada. Él no me mira, así que siento que no existo.

Tal vez deba comenzar por dejar de bailar en la punta del árbol este chachachá de las mil manzanas, bajarme a la tierra, quitarme la bata, la piel, los músculos, el esqueleto, el corazón, los pulmones, el hígado, los riñones, el útero que esta mañana pincharon para curarme el dolor de todos los tiempos; quitarme el cuerpo completo y sus definiciones, convertirme yo misma en el vacío, en Eros. Salir a la calle vuelta ausencia junto a mis hermanas menores para volver palabras todas nuestras heridas; pararnos frente a los recolectores, salvarlos a ellos mismos de su desapego gritándoles una arenga que diga:

“La manzana que crees estar aplastando bajo tu bota de Robocop no existe. Ni tampoco queda ninguna en la rama más alta”.

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