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NOTAS SOBRE EL CINE DE TERROR

  1. El cine de terror es mi antidrepresivo, mi ansiolítico. En luna llena o días antes de que me baje la regla, cuando me desciende una capa oscura sobre la mirada (filtro del inframundo) y entro en el laberinto de mis emociones (en la sucesión de backrooms de mi memoria rota), veo cine de terror. Cuando tengo cólicos menstruales, sobre todo en esos días, lo que quiero ver son cosas densas, sangrientas, perturbadoras y raras. Películas con sótanos, pantanos, mansiones embrujadas, torres y faros, castillos donde habitan vampiros y condensas sangrientas. Me gusta perder la respiración con los protagonistas mientras caminan por extramuros solitarios, fábricas abandonadas, mataderos, sótanos, bosques malditos, grutas plagadas de seres que nunca han visto la luz del día. Lugares otros donde habitan plenamente la maldad, la crueldad, el sadismo, la ira y el veneno, la venganza y la destrucción. Entre más fuerte el cólico, la desazón, la angustia, la tristeza, más venganza y destrucción, más terror por favor, más terror. Lo que quiero son películas que me lleven bien adentro de las represiones humanas.
  2. Me abrazo al terror para quedarme dormida. En un post leí que las personas que como yo encuentran sosiego viendo películas de terror son psicópatas en potencia. No estoy del todo de acuerdo con la afirmación, aunque debo confesar que sueño recurrentemente con estar buscando deshacerme del cadáver de un hombre. En una terapia de respuesta espiritual pregunté sobre este sueño. Yo echada sobre una camilla, y a través de ella, entablé un diálogo con mis ancestros. Cómo era de esperarse, me dijeron que, en este largo viaje de mi alma a través de los tiempos, he matado muchas veces. En el sueño, el asesinato lo cometo con la mayor frialdad y sin ningún remordimiento.  Siempre es un hombre distinto. Por lo general uso un arma cortopunzante o un objeto pesado, aunque también he usado armas de fuego, y una vez, como psicópata de película slasher, usé una motosierra. Mi mayor preocupación es encontrar una manera de deshacerme del cuerpo del hombre. Tengo miedo de que me descubran y me metan a la cárcel, algo de asco del desastre que he causado: la sangre, los fluidos, la descomposición, pero no siento ni la más mínima culpa. Podría decirse que estoy exultante, triunfal, soy una perra del mal espléndida, acabo de matar sin que me temblara el pulso a un pirobo que se lo merecía. Si este sueño es una prueba infalible para declararme psicópata, entonces me declaro, lo soy.
  3. El sadismo y el terror son hermanos espirituales, ambos arremeten contra los sentimientos que fueron inscritos con hierro en el cuerpo, que existen en la memoria colectiva como cicatrices que delimitan las fronteras de nuestra percepción.
  4. Cuando digo terror digo cualquier tipo de terror: psicológico, sobrenatural, corporal, cósmico, gótico, folk, alienígenas, demonios, objetos que cobran vida y todo tipo de monstruos y mutantes, vampiros, caníbales, ciborgs y androides fuera de control. Amo las de contagio, los zombis, las posesiones, la apocalípticas, las ciberpunk, las post apocalípticas, las de brujas, found footage, las distópicas, slasher y splatter, buena o mala, sucia, gore, sangrienta, rayada, muy rayada, asquerosa, weird, la más pop, la que salió de un juego de video que nunca jugué, independiente, éxito de taquillas, clase B, de culto, basura, ilegible, recién salida y con pésimas reseñas (menos de 3 estrellas en los rankings de IMBd) me la veo porque me la veo, con fe ciega y el sentido crítico desactivado. Me vanaglorio de ello como una verdadera amante del género.
  5. Conozco el terror real: a mi padre lo acompañaba al matadero a comprar las reses que vendía en la carnicería de nuestra propiedad. He visto el miedo en los ojos de las reses que son azuzadas por el laberinto que las llevaba hacia el matarife. He visto la lanza atravesar a la res desde el morro hasta la barriga. Sus mugidos de miedo. La he visto resbalarse patinar quebrarse las patas entre su propia sangre y excrementos, boquear en el suelo y morir. Conozco por dentro a las reses, los cerdos, las gallinas, los cuyes, los patos, los pavos y los conejos. Se cómo se sienten al tacto sus cuerpos recién sacrificados. He visto como se les apaga el corazón. Vi muchas navidades a mi padre en la finca clavándole una daga a un cerdo en el corazón. He recogido la sangre para las morcillas en una ponchera de aluminio. He sentido sus vísceras tibias y brillantes, aún palpitando, viscosas, entre mis manos. Tal vez por esta misma razón, me gusta el terror que se aleja de la representación realista. Tanta muerte he visto de primera mano, que, de algún modo, sutil o evidente, siempre quiero que la película deje claro que ha sido construida dentro de los códigos de lo fantástico.
  6. El terror me gusta como creación no como registro pornomiserable de la realidad, ni victimismo ni singularidad, sino catarsis, liberación. Me gusta descender a los sótanos oscuros de la imaginación humana. Nada de snuff ni torture porn (a menos de que sea un detalle de la trama como en Videodrome de Cronenberg). Nada, pero nada que sea real, o que, siendo ficticio, parezca real.  No puedo ver ni siquiera series de asesinos seriales narradas en código thriller, me asquean. Desprecio a la mayoría de los asesinos seriales televisivos. Me parecen una bajeza, con excepción de Hanibal Lecther de El silencio de los inocentes de Jonathan Demme (1991) y Jack de The house that Jack Built de Lars Von Trier (2018)
  7. Tenía unos diez años cuando tomé de un estante de la video tienda del pueblo Holocausto Caníbal de Ruggero Deodata. No existía la censura en el pueblo, así que el empleado no vio problema en que me la llevara. Los protagonistas son unos documentalistas (esta es una de las primeras películas de terror que usa el formato de Found Footage, que popularizaría The Blair Witch Project en 1999) que quedan atrapados en la selva con unas indígenas que practican el canibalismo ritual. Vi como descuartizaban a una tortuga viva frente a la cámara, como empalaban a una mujer, como violaban colectivamente a otra. Lo vi todo, sin que mi nadie en casa se diera por enterado de lo que veía en el VHS. En aquella época no sabía nada de Deodato, no existía el internet, no había manera de que pudiera saber nada de él ni de su película. De grande me di cuenta en internet que había sido acusado de asesinato, obscenidad pública, violencia extrema, crueldad animal, y que se había defendido diciendo que su película era una denuncia al colonialismo y la explotación de imágenes violentas por parte de Occidente. Que él no estaba glorificando la violencia, sino que la exhibía para cuestionarla, que el verdadero canibalismo era de los medios que devoraban sufrimiento para convertirlo en espectáculo. El único asesinato verdadero que había cometido, añadía fue el de la tortuga. Los animalistas estaban furiosos con él, pero en aquella época la gente aún no iba a la cárcel por matar animales frente a las cámaras. Holocausto canibal (1980) en una de las pioneras del found footage, mucho antes de The Blair Witch Project (1999). Nunca más volví a verla, ni lo haré, ni se la recomiendo a nadie, y sin embargo, me enseñó algo fundamental en mi trabajo como escritora: la sátira social siempre corre el riesgo de terminar exaltando aquello que critica

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